Ahora trago, dócil, unas pildoras que prometen traerme la felicidad embotellada, lista para ser abierta y disfrutada, sin culpa, es un regalo de la ciencia. Vender sentimientos, negociar las horas que puedo pasar perdida en mi mundo onírico sin ningun tipo de lógica pero que de todas formas es el único que me acoge agradecido, una caricia leve en los párpados, un beso apenas esbozado por unos labios fríos y secos...la felicidad del no ser. El vacío, otra vez vuelvo a él a ratos y no sé cómo defenderme de mis propias contradiciones, ésas que pretenden desgarrarme y partirme en mil fragmentos de luz, en mil pedazos de cristal...A veces quiero permanecer congelada por dentro, muda ante la injusticia, absorta en mis pensamientos, completamente sola. Estaré eternamente aturdida observando cómo la gente viene y va sin ser conscientes de que son organismos con fecha de caducidad y, sin embargo se niegan a sí mismos la inmortalidad; se roban a sí mismos el placer de hacee algo, ser alguien, tener un pensamiento absurdo, pronunciar una palabra inventada para que así cobre vida todo lo que tal vez nunca lleguemos a ser.
Lo más curioso es que a veces, cuando ninguna luz incierta titila en nuestros horizontes, deseamos ser todos unos inconscientes, solo para no volvernos locos. Me quedo con mi locura.


